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COMO LA PRIMERA VEZ

04 de Noviembre de 2012

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COMO LA PRIMERA VEZ
El desafío de llegar nuevamente a la meta de 9 Km conjugó entusiasmo y temores conocidos, que se dieron cita el 4 de noviembre en las aguas cálidas de Baradero para iniciar la primera carrera de la temporada 2012.

 

 imagen Por Verónica Morano | ver perfil

No podía imaginar que la panadería estaría cerrada un domingo a las 8 AM. El inesperado contratiempo me alivió del esfuerzo de reprimir mi instinto voraz por las harinas. Mis compañeros de nado esperaban mi aparición con algunas docenas de medialunas ricas en grasas bajo el brazo, aunque no podía darme el lujo de romper una dieta saludable a tan pocas horas de la competencia. El aroma de la masa recién horneada tentaría a más de uno de los pasajeros de la camioneta de 15 plazas, que me recogería a pocas cuadras de casa con dicho botín. La traffic venía cargada desde Almagro con los nadadores del grupo Swimmers que correríamos el primer maratón acuático de la temporada 2012 en Baradero, a 140 Km de la capital.
Quizás el sueño generalizado y el silencio reinante dentro del vehículo me salvaron del pedido de explicaciones por mis manos vacías. Algunos leían diarios, pero la mayoría prefería extender por un rato más la pereza mañanera.

COMO LA PRIMERA VEZ

El día asomaba caluroso, aunque no me quería ilusionar con el placer de morirme de calor antes, durante y después de la competencia, una premisa imperiosa para alguien como yo que debió haber nacido en un país de clima cálido, donde la temperatura no baje de los 20 grados. Por fortuna, la necesidad de mantener la ventanilla abierta todo el viaje en la autopista denotaba que el buen clima no nos abandonaría.

Allá nos esperaba Hernán, presto para armar el stand con productos de natación de su marca Swimmers, que ya está dando que hablar entre los nadadores más destacados. Hasta los más expertos desconocen los guantes para entrenar con puños cerrados, un hallazgo de nuestro avezado entrenador Sergio, quien nos capacita en las últimas tendencias en técnicas e insumos complementarios. Lástima cuando insiste con la importancia de “entrenar” todo el día: comer y descansar bien, no estresarse, y es ahí cuando me pregunto si él vive en Almagro o si se toma el último servicio nocturno a Marte después de cada clase.

Cada año que pasa se torna más difícil conseguir en Baradero un estacionamiento próximo al evento deportivo. Mientras damos vueltas en busca de un lugar, vemos a los nadadores que se pasean en sunga desde temprano, con las antiparras colgadas en la malla, junto con el pase para subir al clásico servicio de transporte que nos llevará hasta el punto de largada: unos desgastados camiones que supieron acarrear basura en sus años mozos, mugrientos y oxidados, hoy reconvertidos para trasladar nadadores. Mientras el organizador se ocupa de la seguridad dentro del agua (buena cantidad de embarcaciones, guardavidas y motos se ven en las márgenes a lo largo de todo el recorrido), el municipio se responsabiliza por nuestro traslado en vehículos inseguros e insalubres (y el organizador se lo permite). Todo por el mismo precio.

Difícilmente alguien sin una escalera pueda acceder a la caja de esos profundos camiones. Algunos tenían unos peldaños situados cerca del conductor que facilitaban el ascenso. Pero como el organizador a esta altura nos está esperando en el punto de largada, a unos 2 Km, siempre dependemos de algún nadador valiente que asume la posta. Desde el interior ayuda al resto extendiendo su mano para subir al competidor, cual ascensor automático hasta el primer piso. Parece que el municipio no cuenta con un servicio de micros y sólo se puede hacer uso de unos pocos, que no alcanzan a llevar a los casi 700 nadadores que corren el maratón. Por eso recurren a los camiones en desuso que albergan más gente apiñada que un boliche flojo de papeles. Si a esta carrera la supervisara alguien más que Prefectura –que sólo se ocupa de velar por los nadadores dentro del agua-, probablemente no estaría escribiendo sobre ella.

Recién llegados, algunos encaramos el clásico pase por el club más próximo para garantizarnos una ducha de agua caliente al salir del río, pues el lugar donde se corre no tiene infraestructura. Las apuestas por adivinar el precio de este año terminaron sin ganador cuando el señor detrás del molinete habilitante nos pidió 30 pesos para usar los sanitarios, en mejores condiciones que los escasos baños químicos alquilados por la organización. Considerando que nadie se ocupa de limpiarlos en ningún momento de las 9 horas que solemos pasar en torno a la carrera dentro del municipio, al segundo intento por descargar los nervios, los sanitarios se tornan nauseabundos. Mascullando bronca, nos sorprendimos una vez más de cuánto aprovechamos los argentinos estas situaciones de necesidad ajena. Sin embargo, ahí estábamos la mayoría entregando nuestra muñeca para que nos calzaran la pulsera verde que nos franquearía el paso directo en cualquier momento del día. Algunos apostaron a permanecer por horas embebidos en el barro natural, un servicio corporal por el que se paga carísimo en los spa más reconocidos.
Decidimos llegar hasta el camping de partida de la carrera en un vehículo privado. Desde donde nos deja cualquier transporte terrestre hasta el río median unos 300 metros que recorremos descalzos por calles de tierra pedregosas o césped espinoso. El calor intenso ya me había empapado el cuerpo y la sorpresa de hallar en el camino una ducha fría fue festejada por todos los nadadores.
A pocos metros de la largada, hombres y mujeres se ubican por categorías en sus respectivos cuadriláteros formados por cintas de seguridad. Miré mi cuadrado repleto de sirenas mayores de 25, entre las que se encontraban aquellas contra quienes competiría. El sol pegaba directo en mi gorra de silicona. Escuchaba las charlas ajenas y las sonrisas nerviosas de las mujeres, mientras lentamente sentía el bajón de presión. Las preguntas de rigor asomaban, aunque quisiera dejarlas de lado cada año: para qué vengo si sufro tanto, quién me obliga, por qué hago ese esfuerzo, qué le encuentro de divertido. Comprendo de un pantallazo todo lo que dejé de hacer para estar allí en ese momento. La exigencia sobresale y ahí encuentro la razón de mi angustia.

Lo más común a esta altura es doblar un brazo a la altura del codo y extenderlo hacia la espalda con la ayuda de la mano contraria, empujando hasta sentir que los tríceps se estiran. Otros revolean las extremidades en todos los sentidos, en busca de aflojar el cuerpo antes de ingresar al agua.
La primera bocina suena y reparo en que después del grupo elite que avanza primero, seguimos el resto de las mujeres. Detrás nuestro sale el malón de muchachos “nada me detiene”, que suele pasar por arriba a cada nadadora que se encuentre en el camino. Al oír el segundo sonido producido por el megáfono, nos acercamos al agua con algo de premura y el cuidado necesario frente a una leve pendiente resbalosa que forma parte del origen barroso de todo río. La tomé a María de la mano, nos deseamos suerte y le avisé que pusiera en marcha su contador.

El agua resultó muy agradable y el primer punto flojo de mis sensaciones comenzaba a despejar los malos pensamientos para dar lugar al segundo, tercero, cuarto… El estreno de unas antiparras para aguas abiertas con mayor visibilidad, no favorecía mi ansiedad por encontrar el punto de ajuste ideal para evitar el paso del agua a borbotones sobre mis ojos. Si bien entrenamos muchas veces con los ojos cerrados, la incomodidad se evidenciaba y cada pocos metros tenía que tomarme el trabajo de acomodarlas, a fuerza de cortar el ritmo.

Me pongo a repasar las canciones que más canto mientras estoy en posición vertical, pero caigo en la cuenta de que si no me distrae un golpe, lo hace mi interés por conseguir otro lugar en la carrera. Así, las canciones se reducen a estribillos repetidos hasta el cansancio. Pienso que estoy yendo más rápido de lo debido, pero me jacto con la buena corriente y aprovecho el envión de saberme en condiciones de sostener el ritmo, aunque arriesgo sin tener el ciento por ciento de certeza. El último diálogo con el entrenador sobrevuela los pensamientos que me inhiben de recordar otra de las canciones que tenía preparada. Su saludo pretendió sonar jocoso cuando precisó que fuera en busca del primer puesto. A cualquier otra persona le hubiera sacado una sonrisa, pero yo sabía que eran las palabras que encontrarían peso específico mientras estuviera haciendo el esfuerzo en el agua. El resto del tiempo intenté infructuosamente de arrancar ese comentario de mi cerebro, con el mismo resultado que se espera de la promesa de una depilación definitiva.

Insisto en seguir con otro estribillo rockero, pero sus palabras se cuelan sin permiso interponiendo moléculas de peso en cada burbuja que rodea mi cuerpo. La respiración se entrecorta con el enojo que me provoca este diálogo imaginario y me prometo no hacerle caso. Debería concentrarme en disfrutar, una premisa de la que jamás se olvida de repetirnos. Entonces miro las vacas blanquinegras y marrones que se extienden casi todo el recorrido. Agradezco el día soleado y la oportunidad de saberme en condiciones de participar de este evento otro año más.

Contaba con la referencia de que a los 2 km pasaríamos por el muelle que se levanta en la zona donde solemos dejar las pertenencias. Desde allí, la gente se agolpa para sacar fotos y tratar de distinguir a algún amigo o familiar entre las tantas gorras coloridas que pasan. Busco desde el agua algún alma conocida en cada respiración hacia la derecha, pero no logro distinguir a nadie conocido.

Noto que para esa altura estoy a buen ritmo, pero me gana la certeza de saber que todavía no llego ni a la mitad del recorrido.

Controlo cada tanto el pelotón que me antecede con la cabeza afuera para seguir manteniendo el ritmo primitivo. Huelo el aroma de los asados que degustarán varias familias que acampan en las márgenes y registro que debe faltar menos para llegar.
El cansancio empieza a notarse y me pregunto cuánto tiempo habrá pasado. Busco la llegada mirando al frente, que se hace desear cada vez más. Me propongo mantener el ritmo y acelerar casi sin resto cuando divise los postes inflables. Creo verlos a lo lejos y me animo a apurarme un poco más. Cuesta, pero me aliento ante cada brazada que me aproxima a la meta. Me empiezo a sentir contenta por insistir otro año en esta contienda, que implica que le sigo ganando al desgano que a veces acecha.

Busco el sprint final casi contando las brazadas que me separan de la orilla inflable. Me consuelo con resistir hasta que alguno de los brazos toque el fondo barroso, pero el momento se retrasa. Veo cientos de cabezas agolpadas en la llegada y opto por ponerme en posición vertical hasta alcanzar al ayudante dentro del agua que nos va dando la mano. No encuentro la cámara de Hernán entre los que esperan secos la llegada de los nadadores. Me sumo a la fila en la que los organizadores escanean la tarjeta personal con el código de seguridad que pende de las mallas, y nos cuelgan la medalla de “finishers”. Para mi sorpresa una larga mesa nos invita generosa a degustar cereales con leche, jugos y frutas. Un avance frente a otras ediciones más austeras para agasajar a los cansados nadadores.

Saludo a quienes han terminado y nos felicitamos. Una nubes parecían querer arruinar la tarde y los organizadores nos apuraron a retomar el viaje hasta la zona primitiva de encuentro. Algunos pasamos por la ducha caliente (otros no tuvieron tanta suerte) y nos aprestamos a descansar y comer. Mientras esperábamos el momento de la premiación, una bebida espumante con los palitos de queso armenios que sólo la mamá de Hernán sabe preparar nos hicieron el tiempo más corto y placentero. Al final del largo día, las medallas ganadas por el equipo nos levantaron el ánimo y reforzaron el deseo de buscar las siguientes contiendas. Y así seguiremos: vivitos y coleando.

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